El carbonero y la Muerte

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Esta historia fue relatada por Rafael Vigil (1852-1940) a su nieto Cleofes Vigil (1917-1992). Cleofes Vigil fue criado por sus abuelos Rafael y Leonore vigilia en San Cristóbal. Es contada aquí por Ronald Vigil y traducido al inglés aqui.

Este era un hombre pobre que tenía a su esposa y un gran número de niños; todos medianos. El hombre hacia carbón para mantenerse. Él no tenía ningún otro adiestramiento.

Vivía en un jacalito muy humilde, al pie de una montaña. Tenía un burrito y todas las mañanas salía al monte para hacer carbón. Esto lo llevaba para la ciudad y lo vendía para comprar provisión de alimento para su familia. Del modo que él hacía su carbón, cortaba la leña, le prendía fuego y cuando ya se hacía braza, lo apagaba con agua y eso era el carbón.

Toco que se puso algo duro para vender el carbón. La gente en la ciudad no compraba, de manera que este hombre carbonero, se atrasó mucho, por causa de que no había venta. No podía él traer de comer a su familia. La última venta que hizo le pagó con unas cuatro tortas de pan, de manera que él no comía para dejarle a su familia el pan. Sin embargo, siguió él haciendo carbón todos los días.

Su esposa se apenaba y le decía, “No vayas a hacer carbón mira que no hay venta.” Pero él decía que si acumulaba un tanto de carbón para cuando se pusiera la venta buena, ya no era más que entregarlo y se podía abastecer de comida por su buen tiempo. Pues puso varios días haciendo carbón sin comer. Pero una madrugada que iba para el monte paso por junto de un gallinero y oyó cantar un gallo. Él como se hallaba débil por el hambre, pensó robarse una gallina. Y cuando llego al monte peló la gallina, prendió fuego a la leña y cuando ya se pusieron las brazas se puso a asarla.

Allí estaba él volteando su gallina cuando aparece un hombre joven, de muy buen parecer, y lo saluda con “buenos días, le dé Dios.”

El carbonero le responde. “Buenos días le dé Dios a usted también”

¿”Está haciendo carbón”?

“Sí, pues este es mi oficio.”

Se da cuenta el joven que el Carbonero volteaba una gallina, y se ve muy sabrosa. “Y a la gallina, ¿”que no convidas?”

Responde el Carbonero, “No sé si lo puedo convidar. Dígame, ¿quién es usted?”

“Yo soy Jesucristo.”

“Pues, hombre,” le dice el Carbonero, “No lo puedo convidar porque usted, siendo de que es Jesucristo, puede tener el poder para que haiga más igualdad entre los hombres. Aquí me tiene a mí, uno de los hombres más pobres. La verdad es de que usted discrimina a la gente. Lo que debe usted hacer es retirarse muy pronto de mi presencia.”

Se fue el joven Jesucristo y el Carbonero siguió volteando su gallina sobre las brazas. En esto llega una señora muy hermosa, lo cual lo saluda con “Buenos días, le dé Dios. Me parece que haces carbón.”

“Sí, pues éste es mi oficio.

También ella mira que volteaba una gallina, ya casi lista para comer. “Y a la gallina, ¿qué no convidas?”

“No se señora, usted se mira muy hermosa, pero primero dígame quien es usted.”

Le dice ella, ‘Yo soy María Santísima, la madre de Él Mesías.”

Ya le dice él, “No señora no la puedo convidar, porque usted siendo la madre del Mesías, usted como madre, tiene un poder para decirle a su hijo de que no hiciera tanto pobre en el mundo. Le voy a decir la verdad, esta gallina me la robe porque hace varios días que no como para dejarles a mi esposa y a mis hijos lo poco que tengo en mi casa para comer. La venta de carbón se halla muy despacio, y no he podido vender para suplir suficiente. Me hallo atrasado y aún hasta con hambre. De modo es que no la puedo convidar. Ustedes, siendo que tienen el poder, no hacen justicia. A unos los tienen pobres y a otros ricos. Yo soy uno de los pobres que pasó muchos trabajos. Lo que tiene que hacer usted es retirarse muy pronto de aquí.”

“Bueno pues,” ella dijo y se fue María Santísima.

En esto ya la gallina estaba lista, muy bien asada. De pronto llegó otra señora, algo anciana, flaca, y de mal parecer. “Buenos días, le de Dios buen Carbonero. Haciendo carbón, ¿eh?”

“Si señora, haciendo carbón, pues éste es mi oficio.”

Ya mira esta señora que tiene una gallina muy bien asada, “Ya la gallina, ¿qué no convidas”?

“No se señora si la puedo convidar, ¿dígame, señora,quien es usted”?

“Yo soy la Muerte,” le responde la señora.

“Pues ándale,” le dice el Carbonero, “A usted si le convido. No que se mira flaca, si únicamente porque usted no sabe lo que es discriminación. Usted es una señora de mucha justicia. Y a todos los hace iguales. No hace excepciones.”

Tomó la gallina, la partió en la mitad y se la comieron. Cuando ya acabaron de comer sigue conversando el Carbonero. Le platica a esta señora, la Muerte, los afanes y lo duro que está para vender su carbón. También la muy grande epidemia que él tiene con la pobreza.

Ella escuchó con mucha paciencia y luego le dice. “Mira, hombre, creo que yo te puedo ayudar. ¿Por que no me pides una merced? Yo comprendo tus problemas y miro que este trabajo de hacer carbón no está muy favorable para tu vivir. Si tú me pides una merced, yo te lo concedo. Tú puedes ser carpintero, albañil, herrero, escultor, lo que tú deseas. Yo te ayudo para que halles mejor vivir.”

Ya le dijo él, “No señora, es imposible que pueda ser nada de esto. Todo lo que sé hacer es carbón. Este es mi adiestramiento único y tengo fe de que se ponga buena la venta de carbón y luego puedo hacer progreso con mi vivir.”

Insistió ella de que le pidiera una merced, pero fue imposible hacerlo convencer. Le dijo la señora Muerte, “Bueno, pues siendo de que no quieres tu pedir, ahora yo te voy a ofrecer un buen oficio. ¿No te metes de doctor”? “No señora, ¿qué puedo hacer de doctor? Yo no se nada de medicinas, mucho menos de enfermedades. Aquí me voy a estar haciendo mi carboncito.”

“Bueno mira y pone bien cuidado lo que te voy a decir, Tú sabes que yo soy la Muerte y pues tengo el poder para llevarme al que yo quiera. Nadie me puede parar a mí. Yo puedo enfermar y sanar pero prefiero mejor llevármelos, este es mi oficio. Si tú te haces doctor yo te ayudo, pero acuérdate de que tenemos que hacer un tratado; un convenio. Este convenio no podemos quebrarlo. Si te convienes a lo que hace medicina, puedes ir a los basureros y buscar frascos. Hiervas yedras y raíces embotelladas serán tus medicinas. Como te dije antes, yo te ayudo. Voy y enfermo a la gente y tú las sanas.

Te garantizo que vas a hacer un buen vivir. Vas a progresar. El carbonero lo piensa y le responde, “Bueno, voy a aceptar su propuesta. Ahora dígame su convenio. “¿Que tenemos que hacer?”

“Bueno,” le dice ella, “Pone bien cuidado y recuérdate en todo tiempo lo que te voy a decir. Cuando tú entras a la casa de un enfermo tú me vas a poder ver, pero no podemos platicar porque yo no hablo cuando estoy haciendo me trabajo. Si tú me ves en los pies del paciente, lo curas con tus medicinas. Si me ves en la cabecera diles que no tiene cura. Se va a morir.

“Recuérdate bien, este es nuestro convenio. Ya viéndome tu en la cabecera del enfermo no vayas a poner mano en el. Ese paciente me lo voy a llevar y no quiero que me vayas a poner ningún estorbo. Si la veía en los pies los curaba con sus medicinas y pronto sanaban. Si la miraba en la cabecera les decía que no había remedio. Y tal paciente iba a morir. Por lo cual se hizo en doctor demasiado famoso y empezó a progresar. Ya tenía los sirvientes en una buena casa que le compró a su familia. Tenía todo lo que era necesario para un bien vivir. A su familia no le faltaba absolutamente nada. Estaban muy contentos porque se hallaban confortables.”

Toca de que enfermase el rey de aquel pueblo. Naturalmente este rey era muy rico. Pronto vinieron por el doctor famoso. Vino él a la casa del rey con sus medicinas. Cuando entró al cuarto miró que estaba la Muerte en la cabecera. Ya les dijo, “No hay remedio, se va a morir.”

Empezó la gente del rey a rogarle así como era un buen doctor tuviera que hacer alguna cosa por el rey. Todo el pueblo sabía que él era un buen doctor y que podía sanarlo porque ya había sanado a mucha gente. El Carbonero les dice, “No, es imposible, se va a morir.”

Empezaron a insistir en que le pagaban millones de dinero, casas, propiedades, ganado, sirvientes, ranchos aún le prometieron la mitad de todas las cosas que tenía el rey. Pues le vino a él aquella codicia y avaricia y nunca pensó en sus tiempos de Carbonero. Se puso a contemplar en aquel gran poder que él podía adquirir si sanaba el rey.

La Muerte se despareció y él figuró que había triunfado y más que su poder en la ciencia grande.

Cuando empezaron a pagarle lo prometido ya él tenía abogados y riquezas; tenía sirvientes para los diferentes bienes que él se había ganado. No solamente por lo que el rey le pago sino de muchos otros pacientes. Era un hombre demasiado rico y de bastante fama.

Cuando se fue para su casa iba contemplando su poder y riquezas. En el camino donde iba le salió la Muerte y lo saluda. “Buenos días le dé Dios; buen Carbonero, ¿”me conoces”? Ya le dice él, “No estoy seguro, posible que si la hubiese visto en algún tiempo, no estoy muy seguro.” ¿”Que no te acuerdas cuando me convidaste con gallina asada cuando hacías carbón y que me platicaste tus muy tristes aventuras de la pobreza con cuenta miseria no hacías tu vivir”?

“Quise ayudarte para que hicieras un vivir más favorable pero con condiciones de un convenio de que no te suponías quebrar. Yo no quisiera más que hicieras un buen vivir pero te preocupaste con las muchas riquezas y quebraste nuestro convenio. Yo quise llevarme aquel rey, tú me peleaste. Pensaste que porque ya estabas rico y poderoso que ahora te voy a enseñar que no vas a lograr nada de lo que te has ganado. Ahora te voy a llevar en lugar del rey.”

Le disparó un arco. Le clavo una flecha aguda y ya se acabó el pobre Carbonero y de nada le sirvieron sus riquezas.

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