Funeral a la Cubana - Primera parte: Nuestra casa en La Habana

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Los hombres les dan palmadas en la espalda a gente a quien no han visto nunca; las mujeres sueltan besos al aire y se preguntan por sus hijos, nietos y ahijados varios. Algunas intercambian recetas cubanas antiguas, reales y bien probadas como la vaca frita, que no se trata de una res a la parrilla, sino de carne picadita, guisada en salsa de tomate. Se me hace la boca agua a pesar mío. Estamos en medio de un funeral, aunque un extraño podría confundirlo fácilmente con una fiesta. Por ahí dicen que los velorios irlandeses son alborotosos, pero eso es porque no han visto un velorio cubano.

En un rincón de la sala, mamá y tía Cecilia han construido una isla de paz lejos del tsunami de gritos y gesticulaciones que se han apoderado de la casa de abuela.

--Ella fue valiente para empezar una nueva vida aquí a los 55 años --digo para romper el silencio.

En realidad me habría gustado decir "ballsy" pero mamá no entiende de matices lingüísticos en inglés. Podría pensar que estoy llamando a abuela "cojonuda," una mujer con las pelotas grandes, lo cual, aunque en sí es un elogio, no suena precisamente bien. Sobre todo porque abuela está muerta y rígida en su ataúd, a sólo 3 pies de distancia. Quiero decir, su cuerpo está ahí. En cuanto a su espíritu, ya es otra cosa: estoy esperando que se me aparezca en cualquier momento.

--Todavía recuerdo nuestra casa en La Habana --dice mamá, sin que venga a cuento el comentario--. Tenía tres cuartos, dos baños y dos patios. Y estaba hecha de ladrillo y cemento, no de papel y saliva --señala con un dedo acusador al panel que separa la sala de la cocina, tapizado con un papel floreado que ya se ha despegado en la parte de arriba--. Aquí, si le das un golpe a una pared, la atraviesas con la mano y no te pasa nada. Pero en nuestra casa de Cuba, si se te subía la estupidez y le dabas un golpe a una pared, se te partían los dedos.

Habla en susurros, aunque los demás lo hacen a voz en cuello. Pero nosotras somos las parientas más cercanas a abuela, las dolientes de verdad. Las otras gentes son vecinas y primas segundas o terceras que no llegaron a conocerla bien, y las viejas del club de bingo que son las únicas que parecen un poco tristes.

--Era una casa muy bonita --admite tía Cecilia.

Me muerdo la lengua porque me dan ganas de preguntar: "¿A quién estamos enterrando hoy, a mi abuela del alma o al recuerdo de una casa vieja?" Pero ella se apresura a hacer la conexión:

--Siempre la mantuvo muy ordenada, ¿eh?

Tengo la vaga idea de haber jugado en un suelo de baldosas, alrededor de plantas altas y talludas, pero no me acuerdo de mucho más. Abuela nunca me contó historias sobre Cuba como hacían los parientes de casi todas mis amigas cuando éramos más chicas. Mis amigas, por cierto, encontraban tales cuentos ridículos y aburridos, pero a mí me habrían encantado.

"En boca cerrada no entran moscas," le gustaba decir a abuela, aunque ella misma rara vez cerraba la suya. Se pirraba por discutir y jamás se cortaba para dar su opinión de lo que fuese. Sólo que entonces no le gustaba hablar de Cuba.

¿Querrá hacerlo ahora?

Mamá y tía Cecilia tampoco son muy dadas a rememorar, así que resulta algo extraño oírlas hablar de los buenos, o no tan buenos, viejos tiempos.

--Una casa de verdad es más fácil de limpiar que esto --mamá se refiere al mobile home de un solo cuarto de Vineyard Estates, en Hialeah, donde la abuela vivió sola los últimos diez años.

--Tal vez si hubiéramos venido antes, en los 60, ella habría tenido una vida mejor --prosigue--. Pero como dice el refrán, tarde venientibus ossa.

--¿Qué quiere decir eso? --me revienta preguntar, pero me he quedado en blanco. Entendí lo de tarde y algo sobre una osa. Nada que tenga sentido, una vez que lo junto--. Parece que se me está olvidando el español.

Será peor ahora que ni siquiera voy a tener abuela para practicar. A menos que podamos establecer algún tipo de clases de idioma sobrenaturales, lo que no suena muy factible.

--¡Eso no es español! --bufa mamá--. ¿No estás en la universidad? ¿No quieres ser doctora, por el amor de Dios? Es latín. Significa "los que llegan tarde al banquete roen los huesos."

--Quiero ser doctora veterinaria --le contesto--. No creo que haga falta tomar latín.

Mamá se graduó de la Universidad de La Habana. Pero cuando la familia se mudó para acá, su título en literatura española y dos dólares no le alcanzaban ni para comprar una taza de café en el Restaurante Versailles. Se puso a trabajar en una tienda, pero todavía le encanta usar palabras grandes y expresiones rarísimas, como proverbios latinos que nadie más entiende.

--¿Por qué llegamos tarde, a fin de cuentas? --le pregunto.

--Porque vinimos en 1980, el mismo año del brete de Mariel --me contesta tía Cecilia--. El peor momento posible, si te pones a ver. La gente todavía se piensa que fuimos parte de ese grupo.

Encuentra este cuento en inglés aqui.

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