Funeral a la Cubana - Segunda parte: Miedo a la factoría

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Tía Cecilia permanece en silencio y mira a Mamá como esperando a que ella continúe. Pero pasan varios minutos y cuando Mamá habla por fin, parece haberse olvidado del Mariel y "del grupo."

--¿Tú sabes por qué nos quedamos tanto tiempo en Cuba? --pregunta y acto seguido se contesta a mí misma--: Porque, al principio, tu abuela estaba enamoriscada de Castro. Nos decía: ¿No ven qué guapos son Fidel y sus guerrilleros? Se parecen a Jesús y a los apóstoles, con barbas y todo.

Me rio a la calladita. Mamá no se da cuenta y sigue:

--Traté de convencerla para que nos fuésemos cuando todo el que era gente se iba, pero no me hizo el menor caso. Para ella yo era una fracasada: una mujer que había resultado incapaz de retener a su marido y que no tenía derecho a intervenir en el futuro de la familia.

Suspiro y me concentro en mirarme las uñas. ¿Cuántas veces he oído la misma historia? Las heridas profundas jamás dejan de sangrar, incluso si quien las causó estará a 6 pies bajo tierra dentro de pocas horas.

--No creo que ése fuera el motivo por el que nos quedamos --responde Tía Cecilia--. Fue por miedo a lo desconocido. Quizás miedo a la factoría. Mira, en 1959 tu abuela no tenía ninguna experiencia de trabajo porque había sido siempre ama de casa...

¿Por qué se dirige a mí? Parece como si Tía Cecilia y Mamá me necesitaran como mediadora en su charla.

--La espantaba la idea de trabajar en una factoría, como le había pasado a muchas de sus amigas cuando llegaron a Miami --dice Tía Cecilia--. Tu madre estaba recién salida de la universidad, con un título inútil, yo era una adolescente, y para rematar, ahí estabas tú: una niña de 3 años sin padre. ¡Qué paquete más delicioso! Por eso tu abuela decidió esperar y ver si Castro cogía el buen camino

--Sí, y si no hubiera sido por la familia todavía estaríamos en Cuba, esperando a que Castro cogiera el buen camino --Mamá se encoge de hombros--. Gracias a Dios por nuestros parientes.

Tía Cecilia sacude la cabeza.

--¡Ja! Gracias a nosotras por doblar duro el lomo para mantener la familia a flote. Porque no nos sentamos en un sillón a ver pasa la vida cuando llegamos aquí. Ella lo hizo, pero tú y yo no pudimos darnos semejante lujo. Empezamos a trabajar desde el primer día y no hemos parado desde entonces.

--Nos ocupábamos de ella --dice Mamá--. Tan pronto como tuvimos los medios, empezamos a correr con los gastos de todo. ¿Pero sabes que? Ella no lo apreciaba. Nada podía hacerla feliz. Sospecho que siempre quiso regresar, pero le tenía miedo a la reacción de la familia.

--Yo, por cierto, nunca se lo habría perdonado -- responde Tía Cecilia--. Tampoco fue que dejáramos a nadie atrás.

Mi padre, me gustaría decirles. Dejamos atrás a mi papá. Pero él nunca se preocupó por mí; ni siquiera me escribió, aunque fuera una vez, ni me mandó una tarjeta por mi cumpleaños después de que él y mamá se divorciaron. Supongo que somos lo que aquí se llama "una familia disfuncional."

--Yo tampoco la habría perdonado --dice Mamá.

Por fin se han puesto de acuerdo en algo. Y como estar de acuerdo (sobre cualquier tema) es inusual para este par, cierran el pico.

Me disculpo, camino hacia el ataúd y hago como si arreglara las flores. Entonces hago algo que no me había atrevido a hacer hasta ahora: miro a abuela por primera vez desde que los empleados de la Funeraria Rivero la trajeron.

No luce bien. ¿Por qué le pondrían tanto maquillaje? Ella nada más usaba polvo Coty Airspun, tan pasado de moda que tenía que comprarlo en Wal-Mart porque ninguna otra tienda lo sigue vendiendo. La sombra azul, el rímel y el creyón de labios púrpura que se le desangra en la boca se ven tan fuera de lugar, tan raros... Al mirar esta cara de payasa que ni siquiera me recuerda a abuela me doy cuenta de que no estará más. Y tampoco estarán sus dichos y sus issues, sus refranes cubanos y todas las cosas que nunca me contó. Se marchó con su olor a canela, azúcar quemada y leve tufillo a tabaco.

Mamá y Tía Cecilia están murmurando de nuevo, criticando a su madre y sacando a relucir todo lo que hizo mal. Pero esto no es noticia. Nunca hubo exceso de cariño entre abuela y sus hijas. Cada vez que se reunían, las dagas cargadas de estrógeno cruzaban el aire, apuñalando a abuela en español, espanglish y, a medida que pasaban los años, en inglés. Abuela nunca lo aprendió, así que Mamá y Tía Cecilia llevaban las de ganar cuando anglicizaban sus insultos y le decían en otra lengua: vieja maldita, estamos tan hartas de ti.

Allá en La Habana abuela era la matriarca, la que capitaneaba a la familia después que el abuelo murió, pero aquí perdió el cetro. Se convirtió en una viejita pobre que soñaba con empezar a recibir el sochal sekiurity, como ella le decía, para poderse comprar Coty Airspun sin tener que pedirles plata a sus hijas. Al fin y al cabo, mejor le hubiera ido poniéndose a trabajar en una factoría.

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