Hermanas en Té – Parte VI: Hablando de negocios

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Antes de asistir a su reunión mensual de té, Lupe considera si debe contarles a sus amigas un incidente desagradable: Carmen ha desaparecido después de robarse un vestido de la tienda. Lupe se siente traicionada y avergonzada por ello. Luego, Lupe y Ramona sienten algo de celos de la vida amorosa de Felicia y de sus relaciones con un chico joven y guapo. Pero ¿es oro todo lo que relumbra?

Felicia se contempló en el espejo del baño, que era de cuerpo entero. Para la reunión mensual de té había elegido pantalones blancos, un top de Balenciaga ajustado, un bolso Louis Vuitton que había comprado (de uso, pero vamos) en Buffalo Exchange, y zapatillas cómodas. Los tacones altos que había usado la última vez habían sido una barbaridad que la dejara con dolores en los tobillos durante una semana.

“Después de los cuarenta no nos arreglamos para impresionar a los hombres, sino a otras mujeres,” había leído en un artículo de la revista Cosmo (¿o era Elle)? Los hombres, de plano, dejaban de prestarles atención al llegar a cierta edad. Las mujeres todavía se fijaban, aunque fuera no más por criticar. Tus amigas jamás dejarían de advertir si, por ejemplo, te habías hecho las luces el día anterior.

Se acordó del comentario de Lupe sobre El Viejo que ya “no se ponía para las cosas” luego de tantos años de casados. Felicia sonrió sin ganas. El hecho de que El Viejo fuera un profesor universitario regordete y cincuentón lo justificaba un poco, pero ¿qué excusa podía dar un tipo más joven y atlético como Papacito por su apatía de los últimos tiempos? Felicia miró un afiche de autos deportivos que adornaba la pared opuesta. Papacito podía ser tan inmaduro a veces.

Salió del baño y miró con tristeza la copia de “How to Spice Up Your Love Life”, medio escondida debajo de un suéter de cachemira en su tocador. Se habría cortado la lengua antes que admitir la verdad, pero Papacito le había hecho poco caso al volumen. O al “Kama Sutra” (que también había comprado) al que el muy bruto llamaba “Karma Suta.” Felicia recordó que la falta de pasión había estropeado su relación anterior con un contador barbudo, medio viejo y buen bebedor de cerveza. Quizás era su culpa. ¿Por qué no podía encontrar un hombre trabajador, serio, confiable, honesto y apasionado? ¿O es que estaba pidiendo demasiado?

Papacito no era para nada como ella se había figurado al principio. Pero al menos había encontrado trabajo, un puesto de medio tiempo en su querido Gold Gym, atendiendo la recepción los jueves y los viernes. Aquel día, que era miércoles, estaba cómodamente aposentado frente al televisor, viendo ESPN con una cerveza en una mano y el control remoto en la otra. No miró el nuevo corte paje de Felicia cuando ella pasó a su lado, tomó el teléfono de la meseta de la cocina y lo echó dentro de su bolso. Pero el chasquido de la cerradura de la puerta lo hizo revivir de repente.

—Chao, mi amor —le dijo, soplándole un beso—. Que te diviertas con las nenas.

La había llamado “mi amor” y a sus amigas, “nenas.” El péndulo de su mente empezó a moverse en dirección opuesta. Papacito no era ni la mitad de malo de lo que temía en ocasiones, como sospechaban Ramona y Lupe. No lo era, se repitió, tratando de convencerse a sí misma.

El menú de noviembre había sido preparado pensando en el Día de Acción de Gracias. Los bocadillos eran de pepino con queso crema. El té negro de jazmín resultaba perfecto para el frío: fuerte y estimulante. Los pastelillos de manzana Digory, una adición reciente, se pintaban solos como acompañamiento.

—Pues yo prefiero los tradicionales —dijo Lupe—. Con crema de limón y nata, por supuesto.

Ramona, que todavía andaba preocupada por las libras que le sobraban, le ofreció a Lupe uno de sus pasteles. Felicia no encontró fuerzas para hacer lo mismo. Además, aquello haría engordar a Lupe. Más. En caso de renunciar a uno de los pasteles, ella se lo llevaría a Papacito.

Aquel día no hablaron de Carmen ni de los libros de autoayuda. La conversación se centró en Ramona, que empezaba a aburrirse con su nuevo estatus de jubilada.

—Demasiado tiempo libre —dijo—. Necesito algo interesante que hacer. A lo mejor abro mi propio negocio, como Lupe.

Las sugerencias volaron por el salón de té, llenando el aire de sueños empresariales. Ramona no quería abrir una tienda porque esto significaría demasiado compromiso, pero tampoco quería trabajar para otros.

—Ser freelancer es lo mejor de los dos mundos —le dijo Felicia—. Eres tu propia jefa y pones los horarios que te convengan. Y te das un aumento cuando te plazca…o puedas permitírtelo.

Sus aumentos solían consistir en darse un gusto comprando algo escandalosamente caro, como la ya mentada bolsa Louis Vuitton. Pero desde que Papacito se había agregado al núcleo familiar, Felicia no había tenido la oportunidad de comprarse ni un solo artículo de lujo. Por lo que pudiera tronar se guardó este detalle.

—He pensado en un negocio de consultoría para ayudar a la gente a administrar el presupuesto —dijo Ramona—. El mismo tipo de trabajo que hacía para el distrito escolar, pero en menor escala.

Fue entonces cuando sonó el teléfono de Felicia. No contestó. De hecho, según uno de sus propios estatutos, debía haber estado apagado, pero lo había olvidado. Así que no más lo ignoró.

Felicia no lo sabía entonces, pero aquella llamada cambiaría el curso de la tarde y, en última instancia, de sus relaciones con Papacito.

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