Hermanas en Té – Parte VII: El fan de las máquinas de escribir

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Resumen de la Parte VI: Las amigas conversan sobre la idea del nuevo negocio de Ramona cuando suena el teléfono de Felicia. Ella decide no contestar, pero algo sobre aquella llamada la desazona.

Felicia admiraba la voluntad indoblegable de Ramona. Cuando Ramona decidió retirarse, lo había hecho en tres meses. Ahora quería volver al trabajo. Ni siquiera se había preocupado por trazarse un plan de negocios y ya había encontrado a alguien dispuesto a pagar por sus servicios.

--Me gustaría ser como tú --le dijo Felicia, que sólo tenía una pequeña, aunque fiel lista de clientes. Una mujer sabia, que sabe exactamente lo que quiere.

--La sabiduría viene con la edad, igual que las arrugas --respondió Ramona entre risas--. Vamos, si esto es en realidad sabiduría y no puro sentido común.

El sentido común, solía decir la madre de Felicia, era el menos común de todos los sentidos. Ella temía que le faltaba. ¡Nomás había que ver la videta que llevaba con Papacito! Aunque compraba algunas comidas (las que le gustaban a él, como frijoles, cerveza y tocino) no contribuía ni con un centavo para la renta. Pero no era cosa de echarlo de la casa ahora ¿verdad? Tal vez más adelante, cuando él encontrara un trabajo a tiempo completo, podría insinuarle que era hora de irse cada cual por su lado. No tenían ya mucho que compartir después que la pasión desapareciera, como indudablemente había ocurrido.

--También puedes deducir de tus impuestos el uso de la casa como oficina --el comentario de Lupe hizo que Felicia volviera a la realidad--. Mi contadora puede ayudarte con eso.

He aquí a otra mujer práctica. La recámara de Felicia hacía las veces de oficina, pero ella ni siquiera había pensado en deducir este gasto de sus impuestos.

Felicia decidió pedirle a Lupe el número de su contadora más tarde. Tomó un sorbito de té negro de jazmín y suspiró.

La camarera entró con la tercera ración de té.

--Es lavanda dulce, señoras --dijo--. Va de maravillas con las trufas.

Felicia asintió, pero su mente seguía dándole vueltas a la llamada que había ignorado antes. ¿Podría haber sido de Papacito? Se excusó con las otras y se dirigió al baño.

Por el camino se detuvo a admirar la vieja máquina de escribir Royal que se hallaba en medio de la tienda. Parecía una pieza de museo--negra, grande y brillosa, un memento noble de tiempos olvidados.

--Ojalá que se usaran todavía --dijo una voz de hombre.

Felicia se volvió y vio al tipo que sus amigas habían dicho en broma que sería "un gran partido" para ella. No era mal parecido, pese al cabello canoso y la barba blanca. Las gafas le daban un aire pensativo y amable. Quizá se habría parecido al retrato del Señor Darcy cuando era joven.

--Pero las computadoras son más rápidas --respondió Felicia.

--No tienen alma --replicó él--. Mi máquina de escribir, vieja y todo, hacía exactamente lo que necesitaba. Mi computadora me mangonea. No es lo que se dice fácil de usar.

Aquel tío debía ser bastante viejo si estaba tan familiarizado con las máquinas de escribir, pensó Felicia.

--Sin embargo, debemos seguir la corriente --agregó el hombre, y se marchó con una reverencia.

Un tipo raro, pensó Felicia. Pero encantador a su manera, por rara que ésta fuese.

El baño del Saint James era tan elegante como el resto del edificio. Felicia se fijó en una acuarela que representaba un florero finísimo. Sería bueno reemplazar el póster de carreras que Papacito había pegado a la pared de su baño con algo similar. Pero aquél se burlaría, estaba segura. El fan de las máquinas de escribir, por su parte, apreciaría el detalle.

--¡Las tonterías que se me ocurren! --dijo Felicia en alta voz.

Sacó el teléfono de su bolso y se dio cuenta de que no tenía el estuche rosa. Sin darse cuenta había salido de la casa con el de Papacito.

Había un mensaje de voz. Ella no era fisgona, pero en ese momento el curiosear le pareció justificado. Papacito le había comentado que estaba buscando un trabajo mejor. ¿Qué tal si el que llamaba era un posible empleador? Él se quejaba de que a veces no podía entender cuando la gente hablaba en inglés demasiado rápido.

Felicia se rio de su excusa, abrió el teléfono y sin vacilar marcó el código de Papacito--lo sabía porque se lo había visto entrar antes. Era un código de haragán: los últimos cuatro dígitos de su número.

"Hola, nene, ¿dónde estás? Te estoy esperando en Starbucks. Son las cuatro y media. Apúrate. Te quiero, chao."

Felicia se quedó de una pieza. Aquella era la voz de una mujer. Una mujer que se dirigía a Papacito de una manera demasiado familiar. ¡Y encima aquel "te quiero!"

La acuarela comenzó a dar vueltas. Lo mismo hicieron las paredes. Felicia se apoyó en el lavabo hasta que las paredes dejaron de girar y la pintura volvió a su lugar. Respiró hondo y regresó de puntillas al pasillo con pasos cortos y vacilantes. El corazón le palpitaba a alta velocidad y tenía la boca seca. También notaba una extraña sensación de irrealidad, como si el mensaje que acababa de escuchar no tuviera nada que ver con ella o Papacito.

Mientras caminaba de vuelta al saloncito, el fan de las máquinas de escribir, que todavía estaba dando vueltas por allí, le sonrió.

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La versíon en inglés de esta historia está aquí.

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