La Hija de La Llorona - Capítulo 4: Una charla entre amigas y mamá triste

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Resumen: Caridad, una cubana casada con un taoseño, tiene problemas para adaptarse a su nuevo entorno. Para acabar de fastidiar las cosas, un espíritu familiar se le aparece inesperadamente. Después de una discusión con su suegra, Caridad accede a poner un retrato de su madre en el altar, pero sigue sin comprender las ceremonias por el Día de los Muertos. Mientras Rita le da los últimos toques al altar, Michael y Caridad discuten sus planes futuros y la llegada de Margarita, una amiga puertorriqueña.

Margarita y Caridad se habían conocido tres años antes, cuando la cubana, recién llegada a la ciudad, comenzara a tomar clases en UNM-Taos. Tenían acentos parecidos y la misma manera de cantar y de decir barbaridades. Se hicieron amigas en menos de lo que canta un gallo.

Margarita le había enseñado unos versos de Lola Rodríguez de Tió y Caridad gustaba de repetirlos en sus noches de añoranza habanera:

Cuba y Puerto Rico son

de un pájaro las dos alas.

Reciben flores y balas

En el mismo corazón.

Eran pasadas las 6 de la tarde y las dos amigas se habían reunido en el cuarto del niño. Hablaban en un español rápido y cortante, mientras el bebé dormitaba en su cuna.

La puertorriqueña vestía vaqueros y una blusa de colorines estilo hipesco. Caridad seguía en bata de dormir.

—Chica, me dan unos ataques que no me reconozco —le confesó a su amiga con aire preocupado—. Esta mañana, si llego a tener a Mike cerca, le saco los ojos. Gracias a Dios mi suegra se lo había llevado para cambiarle el pañal porque si no...

Margarita dio un respingo. Caridad se acercó a la cuna. Con más dulzura que la habitual le arregló las sábanas a su hijo y le acarició las mejillas.

—Hay días en que nada más de acercármele me dan ganas de vomitar —continuó, arrugando la nariz—. No porque huela a caca o pipi, es…no sé, su olor natural lo que me da asco. Lo mismo me pasa con Michael. Trata de tocarme por las noches y le digo: échate pallá, tú. Y antes no era así; yo era más caliente que un chile rojo.

Margarita se echó a reír y Caridad empezó a cepillarse el cabello a tirones mientras hablaba.

—Yo no sabía que esto era tener hijos. Me siento como un robot. Todos los días es la misma rutina: levántate, prepara el desayuno, pon la ropa en la lavadora, dale la leche al mocoso, sácale el aire, báñalo… Y Michael es una inutilidad en dos patas que no me ayuda en nada.

—Tienes que hablar con él para que coopere y se deje de vainas —le dijo Margarita—. El hijo es de los dos.

Caridad tiró el cepillo al suelo en un acceso de furia.

—¿Y crees que no lo he hecho? Pero como si se lo dijera al inodoro. Para colmo me he vuelto gorda, fofa, horrorosa... —se alzó la bata de dormir y le mostró a su amiga el vientre cruzado de estrías mientras chillaba—: ¡Fíjate en estas masas bobas! Ya ni cintura tengo. No me sirve ninguna ropa. ¡Estoy destruida!

El bebé, asustado por los gritos, se despertó y empezó a gimotear.

—Y todo por tener un chiquillo gritón que ojalá…ojalá…— Caridad se mordió los labios.

Afuera se escuchó un aullido. Margarita no dio señales de haberlo escuchado pero Caridad se quedó rígida.

—Deberías ir a un psicólogo —le dijo la portorriqueña.

—¿Qué psicólogo ni un cará? ¿Tú piensas que estoy loca?

—Bueno, loca de atar no, pero estás súper alterada. ¿Nunca oíste hablar de la depresión post parto?

Caridad se encogió de hombros.

—¿Qué es eso?

—Que rechazas a tu hijo y te sientes deprimida. A mí me pasó algo parecido con el segundo nene, aunque nunca me dio tan fuerte como a ti. ¿Por qué no hacer una cita con la doctora Carbonell aquí en Holy Cross Hospital?

—¿Para que ni entienda lo que digo y le tenga que hablar por señas? ¡No, chica, no!

—Ella habla español.

Caridad se quedó pensativa, considerando la propuesta. Se levantó, tomó al pequeño en brazos y lo meció hasta que dejó de llorar.

—Parece que el pobrecito tiene frío, está temblando… —dijo al fin—. No es que rechace a mi hijo, como tú dices, sino que me carga estar metida aquí todo el día. Y, como es natural, la cojo con él. También tengo tremendas broncas con mi suegra y con Michael. Ahora tenemos otro brete: no quiere que yo vuelva a la universidad.

—Na, no le hagas caso. Regresa a tus clases de inglés y trabaja, para que tengas tu propio dinero. Pero hay algo más… ¿por qué no te vistes?

Caridad dejó al niño en la cuna y se puso las manos en la cintura, inflándose como una gallinita peleonera.

—Ven acá, chica, ¿yo ando encuera? ¿Con el fondillo al aire?

—Quiero decir, con otra ropa —contestó Margarita—. Ya oscureció y todavía estás en piyama. Antes no eras así. Siempre ibas maquillada y bien vestida a las clases, tanto que al vejete del profesor se le salían los ojos al mirarte. ¿Te acuerdas?

Sonrió. Caridad también, pero en su voz temblaba una nota de tristeza cuando le contestó:

—Entonces tenía más alicientes. Después de clases iba a tomarme una cerveza al Alley Cantina, veía a otra gente…Era distinto. ¿Para quién me voy a arreglar ahora? — recogió el cepillo y apuntó con él a la puerta— . ¿Para el guanajo de mi marido? ¿O para la vieja loca de mi suegra, tan embelesada con La Pelona que ojalá se la lleve a ella el Día de los Muertos? 

La versión de este capítulo de "La Hija de Llorona" está disponible en inglés aquí.

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