La Hija de La Llorona - Capítulo 5: Conociendo a la Angélica

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Resumen: Caridad, una cubana casada con un taoseño, tiene problemas para adaptarse a su nuevo entorno. Para acabar de fastidiar las cosas, un espíritu familiar se le aparece inesperadamente. Después de una discusión con su suegra, Caridad accede a poner un retrato de su madre en el altar, pero sigue sin comprender las ceremonias por el Día de los Muertos. Mientras Rita le da los últimos toques al altar, Michael y Caridad discuten sus planes futuros y la llegada de Margarita, una amiga puertoriqueña. Margarita y Caridad hablan sobre la necesidad de que las mujeres tengan su propio dinero e independencia.

Luego de escuchar los poco agradables comentarios de Caridad, Rita dio media vuelta y se alejó de las amigas. Un rictus de tristeza y furia le cruzaba el rostro. Al regresar a la sala se detuvo frente al altar y se persignó.

—Mira que las chicas de hoy son mal educadas — dijo en voz baja—. Igualita a mi Angélica, que en paz descanse.

Cerró los ojos y recordó cómo lucía el altar la noche en que viera a su hija por última vez. No estaban allí la foto del padre de Michael ni la de Angélica. No había flores ni velas, aunque sí papel picado, algunos retratos de los antepasados de la familia Gallegos y la imagen de la virgen de Guadalupe. En la pared de enfrente se hallaba un espejo grande, antiguo, con marco de metal.

Llovía a cántaros y Rita acababa de llegar del mercado cargada de paquetes. Desde la ventana vio a Angélica caminando por la sala y modelando un vestido negro y corto. Llevaba maquillaje y los labios pintados de rojo. Desde el cuarto llegaba el llanto de un bebé, pero la chica no le prestaba atención. Se miraba al espejo, complacida.

—Si mamá me ve con este vestido, le da un jaratá —exclamó riendo—. Pero ella tiene que entender que yo soy una mujer. ¡Ya tuve mi quinceañera!

—Mujer ni mujer, si usted es todavía una mocosa malcriada —murmuró Rita antes de entrar a la casa.

—¡Vaya una tarde! —le dijo a su hija—. Las calles están llenas de charcos y de fango. ¡Y esas acequias desbordadas! Toma, lleva estos paquetes para la cocina.

Le entregó las bolsas a Angélica y se quedó observándola con reproche.

—¿Por qué andas tan elegante? Tú sabes bien que no vas a salir a ninguna parte esta noche, ¿eh?

Angélica lanzó los paquetes en la mesa de centro, desafiante. Rita ignoró su actitud y siguió hablando como si nada.

—Ay, guadalupana, estoy muerta de cansancio —suspiró—. Cuántas cosas me quedan por hacer y son ya las 6 de la tarde. Todavía tengo que preparar el posole y el chocolate, y terminar los tamales.

Su hija soltó una risita.

—Mom, ¿por qué no se acuesta y descansa un rato? —le dijo—. Duerma una siesta y relájese. Después de todo, sus padres no van a venir a comer tamales. Ésas son supersticiones, oiga. Los muertos no salen de sus tumbas para visitar a nadie.

—¿Eso es lo que te enseñan en la escuela, a no respetar la religión de tus mayores? —preguntó Rita, fastidiada—. Yo nunca he dicho que los difuntos vengan a visitarnos. Pero viene su espíritu, Doña Sabelotodo. Ellos no comen ni beben, sino que se alimentan con la esencia de nuestras ofrendas.

Angélica se puso las manos en la cintura, decidida a exasperar a su madre.

—¿Y cómo usted lo sabe? Los panes y el chocolate siempre están ahí al otro día.

—Lo sé porque la comida pierde parte de su sabor —contestó Rita—. ¿No te has fijado? Los tamales que se les han ofrecido a los espíritus necesitan bastante sal para que sepan bien después.

—Pues si el espíritu ya usó la “esencia” de la comida, entonces nosotros no deberíamos comernos las sobras, ¿no le parece?

Contra lo que su hija esperaba, Rita no se molestó. Lee gustaba hablar de sus tradiciones y rara vez Angélica le daba una oportunidad de explayarse en el tema.

—¿Por qué no? —replicó—. Los espíritus no son egoístas…como ciertas personas. A ellos les encanta compartir la comida con nosotros. Les da gusto sentirse en familia otra vez.

Angélica hizo una mueca de burla, pero su madre no se dio cuenta.

—Ve y saca las velas del envoltorio —dijo Rita, recordando todo lo que le faltaba por hacer—. Pon flores en los floreros y échales agua.

El llanto del bebé volvió a escucharse. Rita corrió al cuarto y regresó mortificada al cabo de varios minutos, con un pañal sucio en la mano.

—¡El pobre Michael estaba empapado! —gritó—. ¿Por qué no lo cambiaste? Te dije que cuidaras a tu hermanito y lo único que haces es perder el tiempo y vestirte como una…

Angélica se encogió de hombros.

—¿Por qué tengo yo que cuidar a Michael? —replicó—. Usted es su madre. Fastídiese con él o tíreselo a los perros si tanto trabajo le da, pero déjeme en paz a mí.

Rita se estremeció y regresó a la realidad. Miró la foto de Angélica en el altar y sacudió la cabeza.

— No entiendo por qué estas muchachas son todas tan groseras,” dijo para “Yo nunca les hablé así a mis apás. Me habrían dado una soberbia cachetada si me hubiera atrevido a ser tan hocicona. Pero Angélica, Caridad…se parecen tanto. Yo podría tomarle cariño a Caridad si ella fuera distinta, solamente porque me recuerda tanto a mi pobre hija. Pero es igual que Angélica: mas espinosa que una mata de cactus en plena floración.

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