La Hija de La Llorona - Capítulo 7: En familia

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Resumen: Caridad, una cubana casada con un taoseño, tiene problemas para adaptarse a su nuevo entorno. Para acabar de fastidiar las cosas, un espíritu familiar se le aparece inesperadamente. Después de una discusión con su suegra, Caridad accede a poner un retrato de su madre en el altar, pero sigue sin comprender las ceremonias por el Día de los Muertos. Mientras Rita le da los últimos toques al altar, Michael y Caridad discuten sus planes futuros y la llegada de Margarita, una amiga puertoriqueña. Margarita y Caridad hablan sobre la necesidad de que las mujeres tengan su propio dinero e independencia. En uncapítulo anterior, que es una retrospectiva, Angélica, todavía viva, discute con su madre. Rita concluye que todas las jóvenes son iguales de irrespetuosas.  En el Capítulo 6, Angélica y Caridad tienen una pelea. Angélica amenaza con quitarle al bebé y dárselo a La Llorona. Caridad se niega. Michael, que no puede ver a su hermana muerta, comienza a sospechar que algo malo le pasa a su mujer.

Era casi la medianoche. Las velas del altar estaban encendidas. Además de los retratos de la familia Gallegos, Rita había colocado también allí el de la madre de Caridad. Había una botella de tequila para honrar al Señor Gallegos, un pintalabios rojo y una pulsera de plata para Angélica, y una bandeja de pan dulce moldeado en forma de calavera.

Rita, Michael y Caridad estaban sentados alrededor de la mesa. El bebé ya dormía en su cuarto. Caridad había tomado un valium y se sentía mejor. Su marido la observaba, todavía algo preocupado por la discusión que tuvieran antes.

Rita, notando la tensión entre ellos, tomó la botella de tequila del altar y la puso en la mesa diciendo:

—Sírvanse, por favor.

Caridad se dio un trago directamente de la botella y comentó:

—Todavía no acabo de entender este brete del Día de los Muertos. A mí me enseñaron a seguir adelante con la vida. El muerto al hoyo y el vivo al pollo, decimos en Cuba.

—Bueno, nosotros tratamos de no perder el contacto con los que ya no están —replicó Rita—. Los difuntos también se pueden comer un ala del pollo. ¿Verdad, Mike?

Michael se encogió de hombros y rechazó la botella que le ofrecía su mujer. No dijo nada para no herir los sentimientos de su madre, pero habría preferido evitar el tema.

Caridad, sin embargo, más animada por el alcohol, volvió a dirigirse a su suegra.

—Entonces, ¿hoy es un día especial para honrar la memoria de su difunto esposo? —le dijo—. Usted debe extrañarlo mucho, me imagino. ¿Cuántos años estuvieron casados?

Rita se dio un trago también. Después de una pausa le dijo a Caridad:

—Mira, la fiesta es para todos y no lo vamos a dejar fuera a él, pero yo jamás lo he extrañado, aunque estuvimos casados por más de 30 años. Era un hijo de la…

Michael la interrumpió, espantado:

—¡Mamá! ¿Qué está diciendo?

—La verdad, mijo —contestó Rita encogiéndose de hombros—. No te hagas el que no sabe de lo que estoy hablando. Estamos en familia, ¿qué no? No hay necesidad de disimulos. Varias veces traté de dejarlo pero siempre me prometía cambiar, dejar de beber, ser un mejor marido…Aunque nunca me lo cumplió. Gracias, Diosito, por llevártelo contigo.

Caridad soltó una carcajada.

—Y yo aquí pensando que su marido era casi un santo. Como usted le prende velas y todo…

—¡Sandeces! —replicó Rita, enfurecida—. Llegaba todas las noches borracho como un cerdo, después de gastarse el sueldo en el Adobe Bar, sin acordarse de que tenía una familia que mantener. No tuvimos un coche que valiera la pena en años. Yo tenía que comprar toda la ropa en tiendas de segunda mano y entonces no había muchas en Taos.

Michael, avergonzado por las revelaciones de su madre, sintió la necesidad de decir algo bueno.

—Eh…al menos yo nunca he tenido el menor deseo de probar el alcohol. Era bien triste verlo llegar así. Pero tampoco pasaba cada noche, mamá. Y él tenía algunas buenas cualidades. Era muy trabajador, cuando estaba sobrio, y nos sacó adelante lo mejor que pudo.

Rita quitó la botella de la mesa y se la llevó para la cocina. Cuando regresó dijo con suavidad:

—Tampoco era toda su culpa, lo reconozco. La pérdida de nuestra hija lo afectó mucho. Cada vez que se emborrachaba, se la pasaba hablando de eso. Verdad es que él tomaba desde antes, pero luego se puso peor.

—¿Usted tenía una hija, Rita? —preguntó Caridad, intrigada.

—Sí, mi Angélica —Rita señaló hacia el retrato—. Esa que está allí.

Al escuchar su nombre Angélica se materializó en la sala. Sonrió al ver la pulsera, probó el pintalabios y se unió al grupo. Caridad se estremeció, pero ni Rita ni Michael notaron la presencia de la muchacha.

—Bonita, ¿no? —murmuró Rita—. Pero se murió por mi culpa. No la cuidé como debía.

—Eso no es verdad —replicó Angélica—. Usted no tuvo la culpa de nada, oiga. Fue un accidente.

Michael hizo una mueca de disgusto.

—¿Es que todos los años va a ser lo mismo, mamá? Tal vez usted deba ir a ver a la mentada doctora Carbonell.

Rita siguió hablando:

—Yo le daba demasiados deberes. La tenía puro ayudándome en la casa.

—Eso sí es verdad —dijo Angélica—. ¡Y no me dejaba salir con muchachos! Tenía que escaparme para tener mis citas.

—Mike lloraba mucho de bebé y yo la mandaba a ella a que lo entretuviera y le cambiara los pañales —sollozó Rita—. No se divirtió nada en su corta vida por andar cuidando a su hermano.

—Yo sí me divertía, mamá —Angélica le guiño un ojo—. Sin que ustedes se enterase, claro. Pero es verdad que el escuincle era tremendo odioso.

Michael se levantó y se alejó de la sala.

—¡Vaya! Ahora resulta que la culpa de todo me va a caer encima a mí. ¡Vaya familia esta!

La versión de este capítulo de "La Hija de La Llorona" está disponible en inglés aquí.

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