La Hija de La Llorona Capítulo 8: El don de la mediunidad

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Resumen: Caridad, una cubana casada con un taoseño, tiene problemas para adaptarse a su nuevo entorno. Para acabar de fastidiar las cosas, un espíritu familiar se le aparece inesperadamente. Después de una discusión con su suegra, Caridad accede a poner un retrato de su madre en el altar, pero sigue sin comprender las ceremonias por el Día de los Muertos. Mientras Rita le da los últimos toques al altar, Michael y Caridad discuten sus planes futuros y la llegada de Margarita, una amiga puertoriqueña. Margarita y Caridad hablan sobre la necesidad de que las mujeres tengan su propio dinero e independencia. En uncapítulo anterior, que es una retrospectiva, Angélica, todavía viva, discute con su madre. Rita concluye que todas las jóvenes son iguales de irrespetuosas. En el Capítulo 6, Angélica y Caridad tienen una pelea. Angélica amenaza con quitarle al bebé y dárselo a La Llorona. Caridad se niega. Michael, que no puede ver a su hermana muerta, comienza a sospechar que algo malo le pasa a su mujer. En el Capítulo 7, Angélica aparece otra vez ante su familia poco antes de la media noche y trata de establecer contacto con ellos pero Caridad es la única que la puede ver. Michael se siente atacado por la conversación sobre su hermana y se dispone a marcharse.

Rita detuvo a su hijo, tomándolo por un brazo antes de que se marchara de la sala.

--Hazme el favor, Mike, de no hacerme rabiar en esta noche tan sagrada y especial --le dijo--. Ya es bastante difícil, tal como están las cosas. Al menos para mí.

Michael se sentó de nuevo. Estaba exasperado pero hizo un esfuerzo por controlarse.

--Nunca me hablaste de tu hermana --le dijo Caridad.

Miró de reojo a Angélica, que parecía esperar a que alguno notara su presencia.

--Porque no la recuerdo --contestó Michael secamente--. Yo era un bebé cuando ella se murió.

Rita se persignó, volviéndose hacia el altar. Caridad, intrigada, se dirigió a Angélica.

--¿Qué pasó, eh? --preguntó.

--Yo quería ir a un party en Española --contestó la muchacha.

Rita, pensando que la pregunta estaba dirigida a ella, explicó:

--Era un Día de los Muertos, como hoy. Estaba ya muy oscuro y yo le prohibí que saliera de casa. Tenía que quedarse aquí, ayudándome a preparar la cena y cuidando de su hermanito.

--Aquello me parecía tan injusto --continuó Angélica--. Así que cuando la Amber, una amiga de la secundaria, vino a buscarme, me largué con ella.

Rita se cubrió el rostro con las manos.

--Yo la vi cuando se escapaba --murmuró--. Estaba en la cocina, haciendo los tamales y preocupada por las mil cosas que me faltaban por terminar. La odié en ese momento, por hocicona y vaga. 'Que se vaya con viento fresco,' dije para mí. ¡Nunca me lo perdonaré!

Caridad se acercó a su suegra y le puso una mano en el hombro.

--Oiga, Rita, yo creo que es normal sentirnos hartas de los hijos alguna que otra vez --le dijo--. A mí me pasa a cada rato.

Rita no la escuchó.

--La dejé que se fuera --continuó--. Podía haberla detenido, podía haberle ordenado que se quedara en casa, pero no lo hice.

Suspiró.

--El auto en que viajaban se volcó cuando pasaba cerca del Río Grande --agregó en voz baja--. Nunca se encontraron los cuerpos.

Angélica se encogió de hombros.

--Mejor para mí--dijo--. Así no me enterraron. No me hubiera hecho ninguna gracia que me pusieran a 6 pies bajo tierra. Odio estar… encerrada.

Su madre sollozó.

--Ni siquiera puedo llevarle flores al panteón.

--No se haga problemas con eso, mamá --dijo Angélica--. A mí no me gustan las flores. Lo que sí me gustaría es que usted hablara conmigo.

Le guiñó un ojo a Caridad.

--Tú eres la única que me ve, ¿verdad, cubana?

Caridad sonrió, pero se puso triste al mirar la foto de su madre en el altar.

--¿Saben qué? Mi madre se murió después que yo me fui de Cuba --dijo--. Yo tampoco he podido llevarle flores al panteón.

Angélica se sentó a su lado. Las tres mujeres estaban ahora juntas en el sofá, con Caridad en el centro, su suegra a la izquierda y Angélica a la derecha.

--Las flores no son importantes --murmuró Angélica--. Lo que vale es lo que llevas en el corazón.

Michael se levantó y se fue alejando discretamente hacia la cocina. Ellas no lo advirtieron.

Angélica se volvió a Caridad:

--Tu mamá vendrá a visitarte y tú la podrás ver --le dijo--. Tú eres médium, ¿lo sabías? Eso es un don.

Caridad asintió con la cabeza.

--Sí, siempre lo he sabido --dijo--. Una vez, cuando era niñita, mi mamá me llevó a un bembé de Santería y yo vi a todos los espíritus que andaban por allí. Los describí con pelos y señales y transmití sus mensajes. Pero entonces los vecinos empezaron a decir que yo era una aprendiz de bruja y les iba a echar maleficios. Eso me asustó tanto que empecé a bloquear los espíritus cuando se aparecían….hasta que te conocí. Fuiste bien persistente.

--Yo no me doy por vencida con facilidad --replicó Angélica.

Rita, sin prestarles atención, ha seguido con su tema, hablando sola.

--Yo le pegaba a mi hija cuando me faltaba al respeto --admitió con vergüenza--. Pero a Michael no le pegaba. Nunca dejé que mi marido lo castigara tampoco, porque él era mijito. En cambio, a Angélica… Fui demasiado dura con ella.

--Mi madre me pegaba también, a veces --dijo Caridad--. Un día me zumbó un orinal por la cabeza.

--¡Un orinal! --exclamó Angélica.

--Al menos estaba vacío --dijo Caridad--. Ella tampoco me dejaba salir de noche pero yo no le hacía caso. Siempre hacía lo que me daba la gana, aunque después debía pagar por ello. Pero yo no le guardo rencor.

--Yo tampoco le guardo rencor a mi madre --dijo Angélica--. Ojalá pudiera decírselo.

--Yo podría intentarlo --dijo Caridad--. Le diré que tú estás aquí y…

--No lo hagas --replicó Angélica--. Va a pensar que estás loca. Yo seguiré viniendo hasta que ella me vea. Ni modo.

Caridad le tomó una mano. Las tres mujeres se quedaron juntas en el sofá un largo rato.

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