La Hija de La Llorona - Capítulo 2: Una suegra entrometida

Los desafíos de ser una madre

Posted

En el primer capítulo: Caridad, una cubana casada con un taoseño, tiene problemas para adaptarse a su nuevo entorno. Para acabar de fastidiar las cosas, un espíritu familiar se le aparece inesperadamente.

La voz de la señora Rita tenía un tono a la vez melifluo y mandón que le revolvía el hígado a Caridad:

--¿Dónde estás, mija? --la llamó.

Antes de contestar, la cubana se restregó los ojos. Cuando volvió a mirar alrededor Angélica seguía en la habitación, pero optó por ignorarla.

Su suegra entró con el bebé en los brazos. A los 60 años Rita lucía más envejecida que vieja, con sus espejuelos enormes de armadura de concha y el cabello recogido en un moño desguavinado.

--El Mike no hace más que llorar--anunció--. Yo creo que tiene hambre.

Caridad se encogió de hombros.

--Hambre no puede tener porque le di la leche hace una hora.

--Pero algo le pasa. Los babies no lloran por gusto.

--Éste sí --replicó Caridad, secamente--. Póngalo en la cuna y déjelo que se desgañite si le da la gana.

Rita se santiguó.

--Ay, qué maneras… ¿Ansina es como hacen en Cuba?

Caridad le echó una mirada asesina antes de responderle:

--Así lo hago yo. Ponga al niño en la cuna, le dije.

Rita la obedeció de mala gana. Angélica le colocó un chupete en la boca al bebé, que dejó de llorar inmediatamente. Caridad observó el intercambio con la boca abierta, pero su suegra no se dio por enterada de la presencia de la intrusa y siguió chachareando como si nada.

--Gracias a Dios que se calmó. ¿Por qué no le arreglas las sábanas? --como Caridad no dio señales de haberla escuchado, lo hizo ella misma--. Y podrías cantarle un poquito. ¿A poco que no sabes nanas?

Caridad murmuró entre dientes:

--Nanas te voy a dar yo a ti.

--Tienes que mimarlo más --continuó Rita--. La infancia pasa rápido. Cuando te das cuenta, ya tu baby se ha hecho un hombre, tiene girlfriends, va al college… y perdiste los años más hermosos de su vida.

--Yo le agradezco sus consejos --dijo Caridad, fingiendo amabilidad--, pero a mi hijo lo voy a criar a mi manera. Lo acostumbro a las nanas, lo mimo más de la cuenta, y cuando me vaya otra vez a trabajar, usted es la primera que va a poner el grito en el cielo.

Rita se llevó las manos a la boca.

--¿A trabajar? Yo pensé que te ibas a quedar en la casa al menos hasta que El Mike cumpliera un año. Los niños necesitan a sus madres cuando son pequeñitos.

--Con usted que le limpia hasta las nalgas, no creo que me vaya a necesitar mucho.

Al escuchar la palabra "nalgas" Rita se quedó de una pieza.

--Cielos, qué grosera es esta cubana --musitó.

--Ah, pero por la noche usted duerme a pierna suelta y la que tiene que jorobarse con los llantos, la leche y las medicinas del mocoso soy yo.

--Bueno, para eso eres la madre --replicó Rita.

Como una gallina encrespada, Caridad puso los brazos en jarras y se encaró con su suegra.

--¿Y Michael no es el padre? ¿O yo me preñé sola? Ahora, eso sí, todos saben dar órdenes. Pero a las 3 de la mañana nadie mueve un dedo para ayudarme con "el baby."

Mientras tanto, Angélica ponía en orden la recámara. Recogió el vestido del suelo y lo contempló con aprobación. Como hiciera Caridad antes, se lo colocó delante para medírselo y sonrió: le quedaría perfecto. Caridad seguía sus movimientos con el rabillo del ojo.

"La mota que me fumé anoche debió haber estado más fuerte de lo que creía," pensó preocupada. "Pero no me siento high, ni siquiera medio mareada."

--Cualquiera sabe lo que le echaron a eso --murmuró para sí.

--¿Mande? --preguntó Rita.

--No mando nada, señora --rezongó Caridad--. Aquí ya sabemos que quien ordena y manda es usted.

Angélica asintió con la cabeza, pero Rita contestó con un suspiro de resignación:

--Eso no es verdad. Ya mi época pasó, por suerte o por desgracia. Aquí manda mi hijo, que para eso es el hombre de la casa.

--La mandará a usted, si se deja, porque lo que es a mí… ¡ñinga!--Caridad estuvo a punto de mostrarle el dedo del medio a su suegra, pero se contuvo--. A partir del diez de noviembre empiezo a trabajar. Y si a su hijito no le gusta, pues que se aguante.

--¿Y El Mike?

--Lo cuida usted, que tanto se está ofreciendo cuando no hace falta, o lo pongo en una preschool.

Al notar que Angélica todavía tenía el vestido rojo en la mano, Caridad se lo arrebató de un tirón.

"Qué fantasma más atrevida," pensó.

--¿Quieres que te lo arregle? --preguntó Rita.

--¿Usted es santa para hacer milagros? --rezongó Caridad--. Ya estoy usando la talla 10 y éste es la ocho.

--Como quieras. ¿Y se puede saber dónde piensas trabajar?

--En el Walmart.

Michael llamó desde la sala:

--Ya estoy en casa, corazona.

Rita se dispuso a salir del cuarto.

--Ya te dejo con tu marido para que platiquen de todo esto --le dijo a Caridad--. Ah, estoy arreglando el altar para el Día de los Muertos. Si gustas poner fotos de algún difunto de tu familia, dámelas.

--Deje que busque entre mis cosas --respondió Caridad--. A lo mejor tengo una de mi madre por ahí.

Rita salió, dirigiendo una mirada de preocupación a la cuna. Angélica fue tras ella.

--¡Qué difuntos ni qué cará! --rezongó Caridad--. ¡Como si los muertos fueran a salir de sus tumbas a resolverme mis problemas! --se llevó una mano a la boca--Ay, perdóname, mami. ¿Por qué no te traje conmigo? Entonces no te habría pasado lo que te pasó. Estarías aquí ayudándome. Y falta que me haces porque ya yo no puedo con esta pesadilla. ¡Te lo juro que ya no aguanto más! ¡Un día voy a hacer una barbaridad!

Comments