La Hija de Llorona - Capítulo 1: La chica de la acequia

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El sábado dos de noviembre, Día de los Muertos, comenzó para Caridad con el llanto a chillidos su hijo, que la puso en pie de guerra a las cinco de la mañana. Desde que había entrado por vía matrimoñesca a la familia Gallegos, Caridad, nacida y criada en Havana, sentía su que su esencia cubana se diluía a diario en el desierto nuevo mexicano como una gota de agua al sol. Ah, pero buena era ella para dejarse disolver. Su suegra se creía la matriarca de la familia, la mera mera, la que más mandaba, pero ella le iba a demostrar quién era quién.

Estaba harta de aguantarle pesadeces a la vieja, que se creía la mamá de los pollitos, y a su hijo, que no se había enterado de que las mujeres servían para otra cosa que pasa ser madres y amas de casa. (Michael se había pasado en pleno sueño de bello durmiente la época del movimiento feminista). ¿Quién le había dicho al muy sanguango que ella, Caridad Pérez Díaz, era buena nomás para meter y sacar pañales de la lavadora, preparar biberones y limpiar pisos? Muy equivocados estaban aquel taoseño y toda su parentela, pero aquel día ella se había levando con el moño virado y ya les demostraría con quién tenían que vérselas.

En la habitación de su hijo Michael Junior, al que todos en la familia apodaban el Mike, la cubana daba vueltas de fiera enjaulada. Todo lo que la rodeaba parecía endemoniarla más: la cuna del bebé, el sillón para mecerlo, una sillita alta y la mesa donde se agrupaban en revoltijo pañales sucios, un biberón con leche, varios muñecos de peluche y aquella medicina de un rosado asqueroso para la tos. Del respaldo de la silla colgaba un vestido púrpura.

Caridad, que llevaba una bata de dormir con manchas de café con leche, tomó el vestido y se lo puso delante del cuerpo.

--Ya no me entra ni poniéndome cuatro fajas --exclamó con rabia y lo tiró al suelo--. ¿Y todo por culpa de quién, eh?

Se volvió hacia la cuna y la encaró con gesto amenazante.

--¡Me estás desbaratando la existencia, chico! --gritó--. No te bastó con hacerme engordar como una vaca y ahora me tienes la vida hecha un yogur. Anoche no me dejaste dormir con tu gritería, ¿te enteras? Me levanté más de diez veces para darte jarabe. ¡Y nada!

Agarró el frasco de medicina, lo contempló con odio y lo volvió a dejar en la mesa dando un porrazo.

--Seguiste tosiendo como una locomotora y chillando cada media hora--continuó hecha una furia--. El fresco de tu padre roncaba como un puerco así que la que se fastidió fui yo, como siempre. ¡Como siempre, Dios mío, como siempre!

Pateó la cuna, que chirrió en protesta.

--A ver, ¿por qué no toses ahora? --levantó aún más la voz--. ¿Por qué no chillas? Hazlo, desgraciao, para que veas lo que te pasa. ¡Tose, anda! ¡Chilla, anda! ¡Llora!

Se iba exaltando a medida que hablaba, soltando espumarajos por la boca. Agarró la silla y la emprendió a golpes con la cuna, golpeándola con salvajismo. Al cabo se detuvo, resoplando. Con deliberación devolvió la silla a su lugar y se recostó a la pared murmurando maldiciones.

De pronto se escuchó un lamento, casi un aullido, en la distancia. Sorprendida, Caridad se acercó a la ventana y la abrió de sopetón. La acequia de los Gallegos corría glugluteando por el patio trasero y la corriente arrastraba ramitas y hojas amarillas.

Caridad entornó los ojos. Alguien avanzaba despacio por el mismo centro del agua.

--¿Quién será a estas horas? --musitó.

Permaneció en la ventana, sujetando el marco hasta que los dedos le dolieron por la presión. A medida que la figura se acercaba se le distinguían mejor las facciones. Se trataba de una muchacha alta, con un traje vaporoso y pasado de moda. Salió del cauce de la acequia chorreando agua y se aproximó a la ventana.

--Oye, tú, ¿de dónde saliste? --le gritó Caridad--. ¿Tú no sabes que esto es propiedad privada?

La muchacha no contestó y siguió en derechura a la ventana. Alarmada, Caridad retrocedió un paso.

--¡A ver si te suelto a los perros!

La familia Gallegos no tenía perros.

La intrusa no dio señales de haberla escuchado. No se detuvo al llegar a la ventana, como esperaba Caridad, sino que siguió andando y traspasó la pared con toda naturalidad.

--Esto es lo que me faltaba por ver --musitó la cubana, santiguándose.

La muchacha se acercó a la cuna, le echó un vistazo y se encogió de hombros. Caridad la observó, ahora con más curiosidad que miedo. Algo en ella le resultaba familiar, pero no conseguía determinar qué era.

--¿Quién eres tú? --preguntó con voz medio temblona.

No tuvo necesidad de escuchar la respuesta. Recordó con un estremecimiento que aquella era la misma chica del retrato enmarcado en negro que colgaba en la sala de los Gallegos.

--La difunta Angélica --murmuró.

La versión de este caítulo de "La Hija de Llorona" esta disponible en inglés aquí.

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