Pese a todo, aún hay buenas historias

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Estimados lectores/amigos: nada me gusta más que compartir con ustedes una historia verdadera, agradable y con un final feliz. Una historia que acentúa lo positivo, lo que todos compartimos que es bello y humano. Además, considerando el año tan difícil que acabamos de terminar, esperando que 2018 no nos exija tanto desgaste emocional, tanto envolvimiento intelectual y, sobre todo, que sea un año más civilizado, es que con gusto comparto con ustedes esta historia. Sin embargo, siempre fiel a mi filosofía de no revelar quien lo hizo, sino lo que se hizo, los tendré a todos en suspenso. Pero los que ya conocen la historia y, los que estuvieron directamente involucrados en ella, saben quienes son y es por ellos que escribo estas líneas.

Recuerdan que a principios de Noviembre me rompí el pie derecho y el accidente (aunque ocurrió en mi casa, fue un accidente) fue muy terrible. Terriblemente doloroso, muy debilitante y, sobre todo, como casi no podía caminar y menos aun conducir el automóvil, terriblemente paralizante. Para alguien que ha sido siempre muy independiente fue un verdadero shock. Y aquí es que comienza la historia. Muchos amigos me ayudaron de mil maneras e incluso gente a la que apenas conocía se acercaron para ayudar.

Sin embargo, llegó el día en que necesité encargar comida (hay un límite de cuanto se puede abusar de la buena voluntad de los amigos) por lo que llamé por teléfono a dos restaurantes de la zona. Ninguno tiene servicio a domicilio, sin embargo, después de explicarles mi situación, primero uno, luego el otro me trajeron a mi casa comida lista para ser comida. Cuando yo les conté a mis amigos, todos se sorprendieron y me preguntaron como es que logré el milagro. Taos es bastante famoso por tener servicio al cliente bastante malo y nadie comprendía como es que yo había logrado que dos establecimientos locales me trajeran a mi casa en dos noches distintas, una riquísima cena. Bueno amigos, es que hablé con la gente, llamé por teléfono y expliqué mi situación. En el otro lado de la línea había una persona. No usé a google, sino que hablé con un ser humano vivo y dispuesto a ayudarme. Tal vez ayudó un poquito que los dos restaurantes me conocen, pero eso no minimiza el que estaban muy dispuestos a ayudarme.

Lo que quiero acentuar aquí es que fue un contacto directo y el hablar directamente sobre lo que me había ocurrido, es lo que facilitó la comunicación. Me pone muy feliz saber que aún no hemos perdido completamente el arte de la comunicación directa, pero tristemente me pregunto, cuanto durará? Cómo podemos seguir viviendo y dejando prueba de nuestra presencia en este mundo si no nos comunicamos directamente? Si no nos miramos a los ojos los unos a los otros; si no escuchamos a la voz de nuestro compañero/a. Corremos el riesgo de hacer de nuestro mundo un lugar muy triste y solitario. Con quien compartiremos la belleza de Taos, sus amaneceres y atardecere.

Una resolución para el 2018 debe ser el volver a la comunicación de los unos con los otros sin usar muletas tecnológicas. Que volvamos a mirarnos en los ojos y a escuchar lo que el otro/a dice sin necesidad de ruidos infernales y música llena de agresividad. El 2018 puede llegar a ser un año decisivo en las relaciones humanas. Cada uno de nosotros somos responsable de mejorarlo o no. Somos los únicos que tenemos las llaves para un año mejor o no.. Mientras tanto, gracias a mis dos establecimientos que fueron tan humanos, tan simpáticos y tan deliciosos. Quién sabe, tal vez la humanidad no esté condenada aún y puede que al final del 2018 escriba que tuvimos un año mejor, más amable, más humano.

Cuídense y que tengan un año feliz y de paz.

La versión en inglés de esta historia esta aqui.

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